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Ruiz

Zafón

La

sombra

del

viento

—Tengo que encontrar a Bea antes de que sea tarde. Creo que sé dónde está.

Me senté en la cama, apartando los brazos de Fermín. Miré a mi alrededor. Las paredes ondeaban como algas bajo un estanque. El techo se alejaba en un soplo. Apenas pude sostenerme erguido. Fermín, sin esfuerzo, me rindió de nuevo al catre.

—Usted no va a ningún sitio, Daniel.

—¿Qué eran esas pastillas?

—El linimento de Morfeo. Va usted a dormir como el granito.

—No, ahora no puedo...

Seguí balbuceando hasta que los párpados, y el mundo, se me desplomaron sin tregua. Aquél fue un sueño negro y vacío, de túnel. El sueño de los culpables.

Acechaba el crepúsculo cuando la losa de aquel letargo se evaporó y abrí los ojos a una habitación oscura y velada por dos cirios cansados que parpadeaban en la mesita. Fermín, derrotado sobre la butaca del rincón, roncaba con la furia de un hombre tres veces más grande. A sus pies, desparramado en un llanto de páginas, yacía el manuscrito de Nuria Monfort.

El dolor de la cabeza se había reducido a un palpitar lento y tibio. Me deslicé con sigilo hasta la puerta de la habitación y salí a una pequeña sala con un balcón y una puerta que parecía dar a la escalera. Mi abrigo y mis zapatos reposaban sobre una silla. Una luz púrpura penetraba por la ventana, moteada de reflejos irisados. Me acerqué hasta el balcón y vi que seguía nevando. Los techos de media Barcelona se vislumbraban moteados de blanco y escarlata. A lo lejos se distinguían las torres de la escuela industrial, agujas entre la bruma prendida en los últimos alientos del sol. El cristal estaba empañado de escarcha. Posé el índice sobre el vidrio y escribí: Voy a por Bea. No me siga. Volveré pronto.

La certeza me había asaltado al despertar, como si un desconocido me hubiese susurrado la verdad en sueños. Salí al rellano y me lancé escaleras abajo hasta salir al portal. La calle Urgel era un río de arena reluciente del que emergían farolas y árboles, mástiles en una niebla sólida. El viento escupía la nieve a ráfagas. Anduve hasta el metro de Hospital Clínico y me sumergí en los túneles de vaho y calor de segunda mano. Hordas de barceloneses, que solían confundir la nieve con los milagros, seguían comentando lo insólito del temporal. Los diarios de la tarde traían la noticia en primera página, con foto de las Ramblas nevadas y la fuente de Canaletas sangrando estalactitas. «LA NEVADA DEL SIGLO prometían los titulares. Me dejé caer en un banco del andén y aspiré ese perfume a túneles y hollín que trae el rumor de los trenes invisibles. Al otro lado de las vías, en un cartel publicitario, proclamando las delicias del parque de atracciones del Tibidabo, aparecía el tranvía azul iluminado como una verbena, y tras él se adivinaba la silueta del caserón de los Aldaya. Me pregunté si Bea, perdida en aquella Barcelona de los que se han caído del mundo, habría visto la misma imagen y comprendido que no tenía otro lugar adonde ir.

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Empezaba a anochecer cuando emergí de las escalinatas del metro.

Desierta, la avenida del Tibidabo dibujaba una fuga infinita de cipreses y palacios sepultados en una claridad sepulcral. Vislumbré la silueta del tranvía azul en la parada, la campana del revisor segando el viento. Me apresuré y lo abordé casi al tiempo que iniciaba su trayecto. El revisor, viejo conocido, aceptó las monedas murmurando para sí. Me procuré asiento en el interior de la cabina, algo más resguardado de la nieve y el frío. Los caserones sombríos desfilaban lentamente tras los cristales velados de hielo. El revisor me observaba con aquella mezcla de recelo y osadía que el frío parecía haberle congelado en el rostro.

—El número treinta y dos, joven.

Me volví y vi la silueta espectral del caserón de los Aldaya avanzando hacia nosotros como la proa de un buque oscuro en la niebla. El tranvía se detuvo de una sacudida. Descendí, huyendo de la mirada del revisor.

—Buena suerte —murmuró.

Contemplé el tranvía perderse avenida arriba hasta que sólo se percibió el eco de la campana. Una penumbra sólida se desplomó a mi alrededor. Me apresuré a rodear la tapia en busca de la brecha derribada en la parte posterior.

Al escalar el muro me pareció escuchar pasos sobre la nieve en la acera opuesta, aproximándose. Me detuve un instante, inmóvil sobre lo alto del muro.

La noche caía ya inexorable. El rumor de pasos se extinguió en el rastro del viento. Salté al otro lado y me adentré en el jardín. La maleza se había congelado en tallos de cristal. Las estatuas de los ángeles derribados yacían cubiertas por sudarios de hielo. La superficie de la fuente se había congelado en un espejo negro y reluciente del que sólo emergía la garra de piedra del ángel sumergido como un sable de obsidiana. Lágrimas de hielo pendían del dedo índice. La mano acusadora del ángel señalaba directamente hacia el portón principal, entreabierto.

Ascendí los peldaños con la esperanza de que no fuese demasiado tarde.

No me molesté en amortiguar el eco de mis pisadas. Empujé el portón y me adentré en el vestíbulo. Una procesión de cirios se adentraba hacia el interior.

Eran las velas de Bea, casi apuradas hasta el suelo. Seguí su rastro y me detuve al pie de la escalinata. La senda de velas ascendía por los peldaños hasta el primer piso. Me aventuré escalera arriba, siguiendo a mi sombra deformada sobre los muros. Al llegar al rellano del primer piso comprobé que había dos velas más adentrándose en el corredor. La tercera parpadeaba frente a la que había sido la habitación de Penélope. Me aproximé y golpeé la puerta suavemente con los nudillos.

—¿Julián? —llegó la voz trémula.

Así el pomo de la puerta y me dispuse a entrar, sin saber ya quién me esperaba al otro lado. Abrí lentamente.

Bea me contemplaba desde el rincón, envuelta en una manta. Corrí a su lado y la abracé en silencio. Sentí que se deshacía en lágrimas.

—No sabía adónde ir —murmuró—. Te llamé varias veces a casa, pero no había nadie. Me asusté...

Bea se secó las lágrimas con los puños y me clavó la mirada. Asentí, y no fue necesario que dijese más.

—¿Por qué me has llamado Julián?

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