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—Entiendo que mintió usted para defender al hombre que asesinó a quien usted llama su amigo, que ha estado encubriendo ese crimen durante años, un hombre cuyo único propósito es borrar cualquier huella de la existencia de Julián Carax, que quema sus libros. Entiendo que me mintió sobre su marido, que no está en la cárcel y evidentemente aquí tampoco. Eso es lo que entiendo.

Nuria Monfort negó lentamente.

—Vete, Daniel. Vete de esta casa y no vuelvas. Ya has hecho suficiente.

Me alejé hacia la puerta, dejándola en el comedor. Me detuve a medio camino y regresé. Nuria Monfort estaba sentada en el suelo, contra la pared. Todo el artificio de su presencia se había deshecho.

Crucé la plaza de San Felipe Neri barriendo el suelo con la mirada.

Arrastraba el dolor que había recogido de labios de aquella mujer, un dolor del que me sentía ahora cómplice e instrumento pero sin acertar a comprender ni el cómo ni el porqué. «No sabes lo que has hecho, Daniel.» Sólo deseaba alejarme de allí. Al cruzar frente a la iglesia apenas reparé en la presencia de aquel sacerdote enjuto y narigudo que me bendecía con parsimonia al pie del portal, sosteniendo un misal y un rosario.

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Regresé a la librería con casi cuarenta y cinco minutos de retraso. Al verme, mi padre frunció el ceño con reprobación y miró el reloj.

—Menudas horas. Sabéis que tengo que salir a visitar un cliente en San Cugat y me dejáis aquí solo.

—¿Y Fermín? ¿No ha vuelto todavía?

Mi padre negó con aquella prisa que le consumía cuando estaba de mal humor

—Por cierto, tienes una carta. Te la he dejado junto a la caja.

—Papá, perdona pero...

Me hizo un gesto para que me ahorrase las excusas, armó de gabardina y sombrero y salió por la puerta sin despedirse. Conociéndole, supuse que el enfado se le habría evaporado antes de llegar a la estación. Lo que me extrañaba era la ausencia de Fermín. Le había visto ataviado de sacerdote de sainete en la plaza de San Felipe Neri, a la espera de que Nuria Monfort saliera a escape y le guiase hasta el gran secreto de la trama. Mi fe en aquella estrategia se había reducido a cenizas e imaginé que si realmente Nuria Monfort salía a la calle, Fermín iba a acabar siguiéndola hasta la farmacia o la panadería. Valiente plan. Me acerqué hasta la caja para echarle un vistazo a la carta que había mencionado mi padre. El sobre era blanco y rectangular, como Página 198 de 288

Carlos

Ruiz

Zafón

La

sombra

del

viento

una lápida, y en lugar de crucifijo traía un membrete que consiguió pulverizarme los pocos ánimos que conservaba para pasar el día.

GOBIERNO MILITAR DE BARCELONA

OFICINA DE RECLUTAMIENTO

Aleluya —murmuré.

Sabía lo que contenía sin necesidad de abrir el sobre, pero aun así lo hice por revolcarme en el lodo. La carta era sucinta, dos párrafos de esa prosa varada entre la proclama inflamada y el aria de opereta que caracteriza al género epistolar castrense. Se me anunciaba que en el plazo de dos meses, yo, Daniel Sempere Martín, tendría el honor y el orgullo de unirme al deber más sagrado y edificante que la vida podía ofrecer al varón celtibérico: servir a la patria y vestir el uniforme de la cruzada nacional en la defensa de la reserva espiritual de Occidente. Confié en que al menos Fermín fuera capaz de encontrarle la punta al asunto y hacernos reír un rato con su versión en verso de La caída del contubernio judeo-masónico. Dos meses. Ocho semanas.

Sesenta días. Siempre podía dividir el tiempo hasta segundos y obtener así una cifra kilométrica. Me quedaban cinco millones ciento ochenta y cuatro mil segundos de libertad. A lo mejor don Federico, que según mi padre era capaz de fabricar un Volkswagen, podía hacerme un reloj con frenos de disco. A lo mejor alguien me explicaba cómo me las iba a arreglar para no perder a Bea para siempre. Al oír la campanilla de la puerta creí que se trataba de Fermín que regresaba finalmente persuadido de que nuestros empeños detectivescos no daban ni para un chiste.

—Vaya, el heredero vigilando el castillo, como debe ser, aunque sea con cara de berenjena. Alegra ese rostro, chaval, que pareces el muñeco de Netol —

dijo Gustavo Barceló, engalanado con un abrigo de camello y un bastón de marfil que no necesitaba y que blandía como una mitra cardenalicia—. ¿No está tu padre, Daniel?

—Lo siento, don Gustavo. Salió a visitar a un cliente, y supongo que no volverá hasta...

—Perfecto. Porque no es a él a quien vengo a ver, y lo que tengo que decirte es mejor que no lo oiga.

Me guiñó el ojo, desenfundándose los guantes y observando la tienda con displicencia.

—¿Y nuestro colega Fermín? ¿Anda por aquí?

—Desaparecido en combate.

—Supongo que aplicando sus talentos a la resolución del caso Carax.

—En cuerpo y alma. La última vez que le vi vestía sotana y dispensaba la bendición urbi et orbe.

Ya... La culpa es mía por azuzaros. En buena hora se me ocurrió abrir el pico.

—Le veo un tanto inquieto. ¿Ha sucedido algo?

—No exactamente. O sí, de alguna manera.

—¿Qué quería contarme, don Gustavo?

El librero me sonrió mansamente. Su habitual gesto altanero y su arrogancia de salón se habían batido en retirada. En su lugar me pareció intuir cierta gravedad, un atisbo de cautela y no poca preocupación.

—Esta mañana he conocido a don Manuel Gutiérrez Fonseca, de cincuenta y nueve años de edad, soltero y funcionario de la morgue municipal de Barcelona desde 1924. Treinta años de servicio en el umbral de las tinieblas. La frase es Página 199 de 288

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Ruiz

Zafón

La

sombra

del

viento

suya, no mía. Don Manuel es un caballero de la vieja escuela, cortés, agradable y servicial. Vive en una habitación alquilada en la calle de la Ceniza desde hace quince años, que comparte con doce periquitos que han aprendido a tararear la marcha fúnebre. Tiene un abono de gallinero en el Liceo. Le gustan Verdi y Donizetti. Me dijo que en su trabajo lo importante es seguir el reglamento. El reglamento lo tiene todo previsto, especialmente en las ocasiones en que uno no sabe qué hacer. Hace quince años, don Manuel abrió un saco de lona que traía la policía y se encontró con el mejor amigo de su infancia. El resto del cuerpo venía en bolsa aparte. Don Manuel, tragándose el alma, siguió el reglamento.

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