sombra
del
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hacer el servicio militar. Bea me besó en la frente y se llevó a mi padre a que lediese el aire, porque no había salido de aquella habitación en más de unasemana. Me quedé a solas, aplastado de cansancio y me rendí al sueño,contemplando el estuche de mi pluma sobre la mesita de noche.
Me despertaron unos pasos en la puerta y me pareció ver la silueta de mipadre al pie del lecho, o quizá fuera el doctor Mendoza que no me quitaba un ojode encima, convencido de que yo era hijo de un milagro. El visitante rodeó ellecho y se sentó en la silla de mi padre. Sentía la boca seca y apenas podíahablar. Julián Carax me acercó un vaso de agua a los labios y me sostuvo lacabeza mientras los humedecía. Tenía ojos de despedida, y me bastó mirar enellos para comprender que nunca había llegado a averiguar la verdaderaidentidad de Penélope. No recuerdo bien sus palabras, ni el sonido de su voz. Sísé que me tomó la mano y que sentí que me pedía que viviese por él, y que novolvería a verle jamás. De lo que no me he olvidado es de lo que yo le dije. Lepedí que tomase aquella pluma, que había sido suya desde siempre, y quevolviese a escribir.
Cuando desperté, Bea me estaba refrescando la frente con un pañohúmedo de colonia. Sobresaltado, le pregunté dónde estaba Carax. Me miró,confundida, y me dijo que Carax había desaparecido en la tormenta ocho díasatrás dejando un rastro de sangre en la nieve y que todos le daban por muerto.
Dije que no, que había estado allí mismo, conmigo, hacía apenas segundos. Beame sonrió, sin decir nada. La enfermera que me tomaba el pulso negó lentamentey me explicó que llevaba seis horas dormido, que ella había estado sentada a suescritorio frente a la puerta de mi habitación durante todo ese tiempo y que,mientras tanto, nadie había entrado en mi habitación.
Aquella noche, al intentar conciliar el sueño, volví la cabeza sobre laalmohada y comprobé que el estuche estaba abierto y que la pluma habíadesaparecido.
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Carlos
Ruiz
Zafón
La
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1956
LAS AGUAS DE MARZO
Bea y yo nos casamos en la iglesia de Santa Ana dos meses más tarde. El señor Aguilar, que todavía me hablaba en monosílabos y seguiría haciéndolo hasta el fin de los tiempos, me había concedido la mano de su hija ante la imposibilidad de obtener mi cabeza en bandeja. La desaparición de Bea le había afeitado la furia, y ahora parecía vivir en estado de perpetuo susto, resignado a que pronto su nieto me llamase papá y a que la vida, valiéndose de un sinvergüenza remendado de un balazo, le robase a la niña que él, pese a las bifocales, seguía viendo como el día de su primera comunión, ni un día mayor. Una semana antes de la ceremonia, el padre de Bea se presentó en la librería para regalarme una aguja de corbata de oro que había pertenecido a su padre y para estrecharme la mano.
—Bea es lo único bueno que he hecho en la vida —me dijo—. Cuídamela.
Mi padre le acompañó hasta la puerta y le contempló alejarse por la calle Santa Ana con esa melancolía que reblandece a los hombres que envejecen al mismo tiempo sin que nadie les haya pedido permiso.
—No es una mala persona, Daniel —dijo—. Cada cual quiere a su manera.
El doctor Mendoza, que dudaba de mi capacidad para sostenerme en pie durante mas de media hora, me había advertido que el ajetreo de una boda y sus preparativos no eran la mejor medicina para sanar a un hombre que había estado a punto de dejarse el corazón en el quirófano.
—No se preocupe —le tranquilicé—. No me dejan hacer nada.
No mentía. Fermín Romero de Torres se había erigido en dictador absoluto y factótum de la ceremonia, banquete y miscelánea varia. El párroco de la iglesia, al enterarse de que la novia llegaba preñada al altar, se había negado en redondo a celebrar el matrimonio y amenazó con conjurar a los hados de la Santa Inquisición para que impidiesen el evento. Fermín montó en cólera y lo sacó a rastras de la iglesia, gritando a los cuatro vientos que era indigno del hábito, de la parroquia, y jurándole que como se le ocurriese levantar una pestaña le iba a montar un escándalo en el obispado del que lo menos resultaría desterrado al peñón de Gibraltar a evangelizar a las monas por mezquino y miserable. Varios transeúntes aplaudieron, y el florista de la plaza le regaló a Fermín un clavel blanco que procedió a lucir en la solapa hasta que los pétalos le quedaron del color del cuello de la camisa.
Compuestos y sin cura, Fermín acudió al colegio de San Gabriel y procedió a reclutar los servicios del padre Fernando Ramos, que no había celebrado una boda en la vida y cuya especialidad era el latín, la trigonometría y la gimnasia sueca, por este orden.
—Eminencia, que el novio está muy débil y ahora yo no puedo darle otro disgusto. El ve en usted una reencarnación de los grandes padres de la madre Iglesia, ahí en lo alto con santo Tomás, san Agustín y la virgen de Fátima. Ahí donde usted le ve, el muchacho es como yo, devotísimo. Un místico. Si ahora le digo que me falla usted, lo mismo tenemos que celebrar un funeral en vez de una boda.
—Si me lo pone usted así.
Según me contaron después —porque yo no lo recuerdo y las bodas siempre se empeñan en recordarlas mejor los demás—, antes de la ceremonia, Página 282 de 288
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la Bernarda y don Gustavo Barceló (siguiendo instrucciones detalladas de Fermín) embozaron de moscatel al pobre sacerdote para soltarle las tablas. A la hora de oficiar el padre Fernando, tocado de una sonrisa bendita y un tono sonrosado muy favorecedor, optó, en un vuelo de licencia protocolaria, por sustituir la lectura de no sé qué Carta a los Corintios por un soneto de amor, obra de un tal Pablo Neruda, al que algunos de los invitados del señor Aguilar identificaron como comunista y bolchevique irredento mientras otros buscaban en el misal aquellos versos de rara belleza pagana, preguntándose si ya se empezaban a ver los primeros efectos del concilio en ciernes.
La noche antes de la boda, Fermín, arquitecto del evento y maestro de ceremonias, me anunció que me había organizado una despedida de soltero a la que sólo estábamos invitados él y yo.
—No sé, Fermín. A mí estas cosas...
—Confíe en mí.